A veces es necesario abandonar la autopista asfaltada para poder soñar de nuevo
Otoño - Invierno 2014-15
AMERICAN
LANDSCAPE
El sueño americano primitivo: empezar desde cero y alcanzar la promesa de un hogar propio. Con ese deseo llegaron los primeros colonos al paisaje americano. En esa horizontalidad ilimitada trazaron fronteras, marcaron territorios, levantaron leyes y señalaron la propiedad.
American Landscape no se centra en el mito del pionero, sino en el camino que aún seguimos recorriendo a través de esa geografía inmensa. En la búsqueda de una nueva existencia, en la libertad de elegir hacia dónde continuar y cómo hacerlo.
Siempre me han fascinado las road movies. Easy Rider, piedra angular del género, donde el destino se convierte en incomprensión. Paris, Texas, oda romántica a la búsqueda del amor y a la amnesia del recuerdo. The Straight Story, fábula sobre el último viaje de la vida. O Brother, Where Art Thou?, con su delirante persecución del tesoro. Y, por supuesto, el sendero de baldosas amarillas —tan luminoso como peligroso— en The Wizard of Oz o Wild at Heart. Todas ellas se grabaron en mi memoria sensible, convirtiéndose en brújulas de experiencia y en mapas emocionales.
En toda road movie hay carreteras que prometen conducir al American Dream. Pero también es necesario abandonar la autopista asfaltada para poder soñar de nuevo. Hacer moda se parece a lanzar un conjuro: apartarse del camino recto, reunir los ingredientes adecuados y preparar el encantamiento.
Sin embargo, el paisaje americano no se entrega fácilmente. Es un territorio salvaje, aparentemente accesible, pero lleno de códigos secretos. Ignorarlos es condenarse a perderse. En esa inmensa línea horizontal no hay lugar para la verticalidad del poder: solo para quienes aceptan el reto de leer su lenguaje, escuchar su silencio y comprender que en cada horizonte abierto se juega siempre la posibilidad de empezar otra vez.
El sueño americano primitivo: empezar desde cero y alcanzar la promesa de un hogar propio. Con ese deseo llegaron los primeros colonos al paisaje americano. En esa horizontalidad ilimitada trazaron fronteras, marcaron territorios, levantaron leyes y señalaron la propiedad.
American Landscape no se centra en el mito del pionero, sino en el camino que aún seguimos recorriendo a través de esa geografía inmensa. En la búsqueda de una nueva existencia, en la libertad de elegir hacia dónde continuar y cómo hacerlo.
Siempre me han fascinado las road movies. Easy Rider, piedra angular del género, donde el destino se convierte en incomprensión. Paris, Texas, oda romántica a la búsqueda del amor y a la amnesia del recuerdo. The Straight Story, fábula sobre el último viaje de la vida. O Brother, Where Art Thou?, con su delirante persecución del tesoro. Y, por supuesto, el sendero de baldosas amarillas —tan luminoso como peligroso— en The Wizard of Oz o Wild at Heart. Todas ellas se grabaron en mi memoria sensible, convirtiéndose en brújulas de experiencia y en mapas emocionales.
En toda road movie hay carreteras que prometen conducir al American Dream. Pero también es necesario abandonar la autopista asfaltada para poder soñar de nuevo. Hacer moda se parece a lanzar un conjuro: apartarse del camino recto, reunir los ingredientes adecuados y preparar el encantamiento.
Sin embargo, el paisaje americano no se entrega fácilmente. Es un territorio salvaje, aparentemente accesible, pero lleno de códigos secretos. Ignorarlos es condenarse a perderse. En esa inmensa línea horizontal no hay lugar para la verticalidad del poder: solo para quienes aceptan el reto de leer su lenguaje, escuchar su silencio y comprender que en cada horizonte abierto se juega siempre la posibilidad de empezar otra vez.
Hacer moda se parece a lanzar un conjuro: apartarse del camino recto, reunir los ingredientes adecuados y preparar el encantamiento.