Otoño - Invierno 2019-20

KASPAR HAUSER

Momento del desfile “Kaspar Hauser”, colección otoño invierno 2019-20 de la diseñadora de moda Ana Locking en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid
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Kaspar Hauser encarna la paradoja del salvador contemporáneo: todos quieren creer en él, menos él mismo.

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Momento del desfile “Kaspar Hauser”, colección otoño invierno 2019-20 de la diseñadora de moda Ana Locking en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid

Kaspar Hauser es uno de los personajes más enigmáticos de la Europa del XIX. Tras más de una década en cautiverio absoluto, acompañado únicamente de su caballo de juguete, apareció en las calles de Núremberg con una carta en la mano que apenas contenía su nombre. Su mirada era limitada; sus gestos, repetitivos; su saber, un residuo del aislamiento. Cinco años más tarde moriría apuñalado en circunstancias tan oscuras como su propia aparición.

Pero esta colección no busca una lectura literal de la leyenda del niño salvaje. Más bien, convierte a Kaspar en metáfora de nuestra contemporaneidad: la pérdida de comunicación real, la fragilidad de la identidad, el desinterés por un conocimiento verdadero y la progresiva pérdida de los estímulos no virtuales en la construcción de nuestra sensibilidad.

Mi Kaspar es un personaje abierto, polifónico, simbólico. Su carencia de singularidad, fruto de la privación de libertad, lo transforma en una figura paradójicamente única y peculiar. Una presencia que nos devuelve la pregunta sobre la identidad y sobre las nuevas formas de encierro —invisibles, digitales, interiores— que marcan las contradicciones de nuestro presente.

El Kaspar de Davide Manuli fue para mí una bomba inspiradora: un cuerpo que apenas habla, que escucha y baila techno, que repite incesantemente «Io sono Kaspar Hauser». Una declaración rotunda sobre los límites de un mundo reducido al absurdo, sobre el colapso de la personalidad, sobre la necesidad y la dificultad de construir una identidad estable en medio del egocentrismo social y del ruido del individualismo.

Kaspar también encarna la paradoja del salvador contemporáneo: todos quieren creer en él, menos él mismo. Como Neo en Matrix, se convierte en proyección de las ansias de redención de una comunidad alienada en la repetición, el conformismo y la simulación social.

Si las nuevas cárceles de la identidad se levantan sobre el triunfo de lo virtual, y si el anunciado ocaso de los ídolos ha resultado ser una quimera —pues seguimos necesitando figuras en las que depositar fe y confianza—, Kaspar Hauser puede funcionar a modo de alerta. Como un espejo oscuro de la involución espiritual que acompaña a la evolución tecnológica.

Porque, al final, nadie puede prescindir de compañeros de juego reales. Ni siquiera Kaspar. Ni siquiera nosotros. Y tal vez ese caballito de juguete siga recordándonos lo esencial: la fragilidad de nuestra humanidad.

Kaspar Hauser es uno de los personajes más enigmáticos de la Europa del XIX. Tras más de una década en cautiverio absoluto, acompañado únicamente de su caballo de juguete, apareció en las calles de Núremberg con una carta en la mano que apenas contenía su nombre. Su mirada era limitada; sus gestos, repetitivos; su saber, un residuo del aislamiento. Cinco años más tarde moriría apuñalado en circunstancias tan oscuras como su propia aparición.

Pero esta colección no busca una lectura literal de la leyenda del niño salvaje. Más bien, convierte a Kaspar en metáfora de nuestra contemporaneidad: la pérdida de comunicación real, la fragilidad de la identidad, el desinterés por un conocimiento verdadero y la progresiva pérdida de los estímulos no virtuales en la construcción de nuestra sensibilidad.

Mi Kaspar es un personaje abierto, polifónico, simbólico. Su carencia de singularidad, fruto de la privación de libertad, lo transforma en una figura paradójicamente única y peculiar. Una presencia que nos devuelve la pregunta sobre la identidad y sobre las nuevas formas de encierro —invisibles, digitales, interiores— que marcan las contradicciones de nuestro presente.

El Kaspar de Davide Manuli fue para mí una bomba inspiradora: un cuerpo que apenas habla, que escucha y baila techno, que repite incesantemente «Io sono Kaspar Hauser». Una declaración rotunda sobre los límites de un mundo reducido al absurdo, sobre el colapso de la personalidad, sobre la necesidad y la dificultad de construir una identidad estable en medio del egocentrismo social y del ruido del individualismo.

Kaspar también encarna la paradoja del salvador contemporáneo: todos quieren creer en él, menos él mismo. Como Neo en Matrix, se convierte en proyección de las ansias de redención de una comunidad alienada en la repetición, el conformismo y la simulación social.

Si las nuevas cárceles de la identidad se levantan sobre el triunfo de lo virtual, y si el anunciado ocaso de los ídolos ha resultado ser una quimera —pues seguimos necesitando figuras en las que depositar fe y confianza—, Kaspar Hauser puede funcionar a modo de alerta. Como un espejo oscuro de la involución espiritual que acompaña a la evolución tecnológica.

Porque, al final, nadie puede prescindir de compañeros de juego reales. Ni siquiera Kaspar. Ni siquiera nosotros. Y tal vez ese caballito de juguete siga recordándonos lo esencial: la fragilidad de nuestra humanidad.

Momento del desfile “Kaspar Hauser”, colección otoño invierno 2019-20 de la diseñadora de moda Ana Locking en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid
Momento del desfile “Kaspar Hauser”, colección otoño invierno 2019-20 de la diseñadora de moda Ana Locking en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid
Momento del desfile “Kaspar Hauser”, colección otoño invierno 2019-20 de la diseñadora de moda Ana Locking en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid
Backstage del desfile “Kaspar Hauser”, colección otoño invierno 2019-20 de la diseñadora de moda Ana Locking en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid

© Kristen Wicce

Momento del desfile “Kaspar Hauser”, colección otoño invierno 2019-20 de la diseñadora de moda Ana Locking en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid