McGuffin no es más que un pretexto: un catalizador, una excusa poética que invita a cada cual a proyectar su mirada, sus obsesiones, sus deseos.
Otoño - Invierno 2013-14
Mc GUFFIN
«Dos hombres viajan en tren por Inglaterra, y uno le pregunta al otro:
—¿Qué es ese paquete que lleva sobre la cabeza?
—Oh, es un mcguffin.
—¿Y qué es un mcguffin?
—Un aparato para atrapar leones en las montañas de Escocia.
—Pero en Escocia no hay leones.
—En ese caso, no es un mcguffin».
François Truffaut
El cine según Hitchcock
Alfred Hitchcock definió el mcguffin como aquello que pone en marcha la historia, el detonante necesario para que algo comience. Un recurso tan esencial como olvidado: la excusa que hace avanzar la trama pero que, en el fondo, no tiene relevancia alguna. Lo importante no es el mcguffin en sí, sino todo lo que provoca a su alrededor: personajes, conflictos, emociones, relatos. Sin mcguffin no hay historia. Pero el mcguffin es el gran olvidado de la misma. En mi trabajo siempre establezco guiños que impliquen al observador, que se establezca una relación entre lo que quiero contar y lo que el espectador interioriza. La recurrencia de estos guiños e historias dentro de mi trabajo se han convertido en parte indisoluble de mi lenguaje, en una seña de identidad que dialoga con quienes observan mis colecciones.
Pero en esta ocasión no quise contar mi propia historia, sino abrir un espacio para que cada espectador inventara la suya. McGuffin no es más que un pretexto: un catalizador, una excusa poética que invita a cada cual a proyectar su mirada, sus obsesiones, sus deseos.
Lo que realmente importa es ese instante de identificación: cuando el gesto de una prenda, la ironía de un guiño o la fuerza de una imagen trasciende la pasarela y se instala en la memoria de quien lo observa. Ese es el verdadero relato. Y mi única intención: que lo irónico, lo enigmático, lo aparentemente accesorio, se transforme en detonante de una historia personal.
Porque, al final, todos necesitamos un mcguffin. Una excusa para empezar a contar.
«Dos hombres viajan en tren por Inglaterra, y uno le pregunta al otro:
—¿Qué es ese paquete que lleva sobre la cabeza?
—Oh, es un mcguffin.
—¿Y qué es un mcguffin?
—Un aparato para atrapar leones en las montañas de Escocia.
—Pero en Escocia no hay leones.
—En ese caso, no es un mcguffin».
François Truffaut
El cine según Hitchcock
Alfred Hitchcock definió el mcguffin como aquello que pone en marcha la historia, el detonante necesario para que algo comience. Un recurso tan esencial como olvidado: la excusa que hace avanzar la trama pero que, en el fondo, no tiene relevancia alguna. Lo importante no es el mcguffin en sí, sino todo lo que provoca a su alrededor: personajes, conflictos, emociones, relatos. Sin mcguffin no hay historia. Pero el mcguffin es el gran olvidado de la misma. En mi trabajo siempre establezco guiños que impliquen al observador, que se establezca una relación entre lo que quiero contar y lo que el espectador interioriza. La recurrencia de estos guiños e historias dentro de mi trabajo se han convertido en parte indisoluble de mi lenguaje, en una seña de identidad que dialoga con quienes observan mis colecciones.
Pero en esta ocasión no quise contar mi propia historia, sino abrir un espacio para que cada espectador inventara la suya. McGuffin no es más que un pretexto: un catalizador, una excusa poética que invita a cada cual a proyectar su mirada, sus obsesiones, sus deseos.
Lo que realmente importa es ese instante de identificación: cuando el gesto de una prenda, la ironía de un guiño o la fuerza de una imagen trasciende la pasarela y se instala en la memoria de quien lo observa. Ese es el verdadero relato. Y mi única intención: que lo irónico, lo enigmático, lo aparentemente accesorio, se transforme en detonante de una historia personal.
Porque, al final, todos necesitamos un mcguffin. Una excusa para empezar a contar.
Todos necesitamos un McGuffin. Una excusa para empezar a contar.