Colección de calzado
Mc Guffin
La colección de complementos McGuffin toma su nombre del célebre recurso narrativo popularizado por Alfred Hitchcock: ese elemento aparentemente esencial que desencadena una historia, aunque su verdadera importancia termine siendo secundaria frente a todo lo que ocurre a su alrededor.
En el cine de Hitchcock, el McGuffin funciona como una excusa narrativa, un objeto que pone en marcha la acción y genera la tensión que sostiene el relato. Bajo esta premisa, la colección traslada ese mismo mecanismo al universo de los complementos, convirtiendo cada pieza en un posible detonante de historias.
La campaña sitúa estos objetos dentro de un paisaje aparentemente cotidiano: calles tranquilas, casas con vallas blancas y jardines perfectamente recortados que evocan el imaginario del suburbio norteamericano. En este entorno sereno, los complementos aparecen como elementos inesperados que alteran la calma del escenario, como si formasen parte de un fotograma detenido de una película de suspense.
Los zapatos se presentan como protagonistas silenciosos dentro de la escena. Colocados en jardines, muros o aceras, parecen esperar a que algo ocurra. Sobre ellos se proyectan sombras de manos que intentan alcanzarlos, un gesto que remite directamente al lenguaje visual del cine clásico de Hitchcock, donde las sombras se convierten en presencias inquietantes que sugieren una acción fuera de campo.
Las líneas depuradas y las combinaciones cromáticas —donde conviven naranjas intensos, negros profundos y tonos neutros— refuerzan esa tensión entre elegancia y misterio. Cada pieza funciona así como un pequeño McGuffin: un objeto que no cuenta una historia cerrada, sino que invita al espectador a imaginar la suya propia.
Porque, como en el cine, lo verdaderamente importante no es el objeto en sí, sino el relato que se activa a su alrededor.
La colección de complementos McGuffin toma su nombre del célebre recurso narrativo popularizado por Alfred Hitchcock: ese elemento aparentemente esencial que desencadena una historia, aunque su verdadera importancia termine siendo secundaria frente a todo lo que ocurre a su alrededor.
En el cine de Hitchcock, el McGuffin funciona como una excusa narrativa, un objeto que pone en marcha la acción y genera la tensión que sostiene el relato. Bajo esta premisa, la colección traslada ese mismo mecanismo al universo de los complementos, convirtiendo cada pieza en un posible detonante de historias.
La campaña sitúa estos objetos dentro de un paisaje aparentemente cotidiano: calles tranquilas, casas con vallas blancas y jardines perfectamente recortados que evocan el imaginario del suburbio norteamericano. En este entorno sereno, los complementos aparecen como elementos inesperados que alteran la calma del escenario, como si formasen parte de un fotograma detenido de una película de suspense.
Los zapatos se presentan como protagonistas silenciosos dentro de la escena. Colocados en jardines, muros o aceras, parecen esperar a que algo ocurra. Sobre ellos se proyectan sombras de manos que intentan alcanzarlos, un gesto que remite directamente al lenguaje visual del cine clásico de Hitchcock, donde las sombras se convierten en presencias inquietantes que sugieren una acción fuera de campo.
Las líneas depuradas y las combinaciones cromáticas —donde conviven naranjas intensos, negros profundos y tonos neutros— refuerzan esa tensión entre elegancia y misterio. Cada pieza funciona así como un pequeño McGuffin: un objeto que no cuenta una historia cerrada, sino que invita al espectador a imaginar la suya propia.
Porque, como en el cine, lo verdaderamente importante no es el objeto en sí, sino el relato que se activa a su alrededor.