Un sueño aislado puede ser una quimera, incluso preludio de una alucinación.
Otoño - Invierno 2017-18
THE DREAMER
Con The Dreamer se cierra la trilogía más humanista de mis colecciones, y quizá también la más utópica. En Antihero hablaba de los sueños accidentados: de quienes, aun tras perder la ilusión, buscan motivos para levantarse una y otra vez, arriesgar de nuevo, caer y volver a empezar. En The Thinker mi admiración se dirigía a los que se alejan de la comodidad: espíritus autónomos que se atreven a pensar diferente, algo ingenuos si se quiere, pero brillantes por creer otra vez en ideales, aunque sean utópicos.
The Dreamer reúne a ambos: es héroe y pensador. El soñador se atreve a cruzar la frontera que separa el desaliento de la esperanza, para imaginar un futuro distinto.
Es imposible hablar de esta colección sin evocar el eco de Martin Luther King y su «I have a dream…»: un faro de esperanza que iluminó las escalinatas del Monumento a Lincoln en el verano del 63, y que hoy, más de medio siglo después, sigue siendo tan necesario como entonces.
The Dreamer está dedicado a quienes hacen del corazón su herramienta de lucha contra la desesperanza; a quienes convierten la emoción en motor para escapar del dolor personal y volar hacia la igualdad y la libertad —dos palabras aún inalcanzables para la humanidad.
Martin Luther King, Mandela, Gandhi, me atrevería incluso a incluir el «Imagine», de J. Lennon… Todos ellos soñadores inagotables que convirtieron sus ideales en banderas políticas, manifiestos sociales o himnos generacionales. Soñadores que nos recordaron que la utopía no es un espejismo, sino un desafío.
Un sueño aislado puede ser una quimera, incluso preludio de una alucinación. Pero un sueño compartido es una utopía colectiva. Y, en definitiva, un reto posible, un desafío.
Siempre me merecerá la pena —aunque sea solo por un instante— volver a ser ingenua y creer que la igualdad es un viaje posible para todos los Dreamers que se atreven a desafiar lo establecido.
Con The Dreamer se cierra la trilogía más humanista de mis colecciones, y quizá también la más utópica. En Antihero hablaba de los sueños accidentados: de quienes, aun tras perder la ilusión, buscan motivos para levantarse una y otra vez, arriesgar de nuevo, caer y volver a empezar. En The Thinker mi admiración se dirigía a los que se alejan de la comodidad: espíritus autónomos que se atreven a pensar diferente, algo ingenuos si se quiere, pero brillantes por creer otra vez en ideales, aunque sean utópicos.
The Dreamer reúne a ambos: es héroe y pensador. El soñador se atreve a cruzar la frontera que separa el desaliento de la esperanza, para imaginar un futuro distinto.
Es imposible hablar de esta colección sin evocar el eco de Martin Luther King y su «I have a dream…»: un faro de esperanza que iluminó las escalinatas del Monumento a Lincoln en el verano del 63, y que hoy, más de medio siglo después, sigue siendo tan necesario como entonces.
The Dreamer está dedicado a quienes hacen del corazón su herramienta de lucha contra la desesperanza; a quienes convierten la emoción en motor para escapar del dolor personal y volar hacia la igualdad y la libertad —dos palabras aún inalcanzables para la humanidad.
Martin Luther King, Mandela, Gandhi, me atrevería incluso a incluir el «Imagine», de J. Lennon… Todos ellos soñadores inagotables que convirtieron sus ideales en banderas políticas, manifiestos sociales o himnos generacionales. Soñadores que nos recordaron que la utopía no es un espejismo, sino un desafío.
Un sueño aislado puede ser una quimera, incluso preludio de una alucinación. Pero un sueño compartido es una utopía colectiva. Y, en definitiva, un reto posible, un desafío.
Siempre me merecerá la pena —aunque sea solo por un instante— volver a ser ingenua y creer que la igualdad es un viaje posible para todos los Dreamers que se atreven a desafiar lo establecido.
Un sueño compartido es una utopía colectiva. Y, en definitiva, un reto posible, un desafío.